En la cuarta entrega dentro de este ciclo de cámara, será la emblemática Tocata y fuga en re menor, BWV 565 atribuida a Johann Sebastian Bach (1685 – 1750) la encargada de realizar la apertura de este encuentro, en la versión para cuarteto de cuerdas realizada por el violonchelista Carlos González. Ampliamente conocida dentro del repertorio para órgano, y sin entrar en disquisiciones sobre si realmente hablamos de una obra bachiana o de si su origen se establece ante la funcionalidad que supuso el probar este instrumento musical en concreto, el innegable sello del stylus phantasticus de Buxtehude se hace palpable ante la brusquedad de sus cambios registrales y sus configuraciones armónicas arriesgadas dentro del marco histórico del contexto donde se sitúa. Sin embargo, su mítica Tocata en modo menor, con su característico adorno inicial replicado, permanecerá por muchos años en nuestras mentes, siendo engalanado con la fuga posterior sobre un tema en semicorcheas que se articula en dos voces, y que, claramente, será la embajadora de nuestro total deleite final.
Al término de la primera parte de este concierto, nos adentramos en el Philip Glass (1937) de los años ochenta de la centuria pasada. Una oportunidad para reencontrarnos con el compositor en plena remembranza de su época en donde, progresivamente, se fue reconciliando sonoramente con el público. Hay que recordar que tras la extensa ópera Einstein on the Beach de 1978, su estilo se fue flexibilizando para entrar en una dimensión de amplia fama para comienzos de los años noventa, resultando su nominación a los Óscar de 1998 junto al trabajo realizado para la película Kundun. Durante esta travesía, un encargo fílmico también propiciaría esa progresiva importancia en su carrera artística, dejando un conjunto de páginas musicales que, ciertamente, también serían laureadas. Hablamos de la música para la película Mishima: A Life in Four Chapters que, bajo la dirección de Paul Schrader y el guion de este junto a su hermano Leonard y su esposa Chieko, dieron vida al escritor, poeta y dramaturgo japonés Yukio Mishima (1925-1970) a través de tres de sus novelas más emblemáticas: La casa de Kyoko de 1959, El pabellón de oro de 1956 y Caballos desbocados de 1969. Un relato biográfico trazado desde los preparativos meticulosos de la ceremonia del seppuku, conocido igualmente como harakiri (aunque se considera como un término vulgar en el ámbito japonés), en respuesta el código de honorabilidad dentro del bushidō, con constantes ecos al pasado en su distintiva utilización del formato blanco y negro junto con las alusiones a la escenografía basada en el teatro tradicional de dicha cultura. Un llamativo recorrido por la polifacética y controvertida vida de este literato que llegó a ser candidato para el Premio Nobel de Literatura en 1968. Con todo, Glass perfiló una partitura donde contaría con distintos conjuntos instrumentales en función del momento episódico de la película, presentando al cuarteto de cuerda como elemento de intimidad en los pasajes monocromáticos antes reseñados. Y es de ahí, donde nació su Cuarteto de cuerda n.º 3 «Mishima», el único que posee claramente un programa que le hermana, para incluso ser interpretado fuera del ámbito fílmico a través de sus seis movimientos. En este sentido, con el primero, 1957: Award montage, se prologa el sentimiento melancólico que persigue toda la globalidad. Con una incertidumbre que promueve la cuerda aguda, especialmente por la agitación del primer violín, la rítmica imperturbable de la parte grave reforzará esa conmoción contenida, a través de esos característicos intercambios métricos debidos a las distintas acentuaciones procuradas, y que, de una u otra forma, bosquejan los presagios descriptivos de cómo los éxitos literarios llegaron con plenitud a nuestro protagonista japonés. Tras el final anterior de aromas inconclusos, el segundo, November 25: Ichigaya, remarca la fatídica fecha del referido suicidio de Yukio. Recuérdese que, fruto de las tendencias ideológicas familiares —su padre fue simpatizante del nacionalsocialismo— abrazaría los postulados cercanos al nacionalismo y la extrema derecha, apostando por los valores tradicionales japoneses bajo la divisa del emperador —los ecos aristocráticos infundidos por su abuela también resonarían en su mente—. Con el tiempo, fundaría una sociedad privada paramilitar llamada Tatenokai [Sociedad del Escudo], la cual llegaría a contar con trescientos miembros provenientes en gran parte de la esfera universitaria, congregada ante el rechazo al artículo noveno de la constitución japonesa creado tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, el 25 de noviembre de 1970 orquestó un intento de golpe de estado desde el campamento Ichigaya, donde radicaba el Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa, resultando infructuoso. Por ello, este breve capítulo transcurre con mayor lentitud, resaltando la melodía calmada y reflexiva del violín primero, y evidenciando que la tragedia final está próxima. El tercero, Grandmother and Kimitake, evoca la infancia de nuestro literato, en la proximidad de cómo se configuró en la propia película. Y es que su abuela Natsu estuvo vinculada familiarmente, al parecer, a los samuráis de la era Tokugawa, y estableció una relación asfixiante, posesiva y controladora sobre su nieto Kimitake [príncipe guerrero], nombre de juventud de Yukio, impidiendo que viese a su madre hasta la pubertad. El carácter agrio y violento de esta, solo se veía remediado por su admiración por el teatro kabuki y su asistencia a los pocos espectáculos que se procuraban, convirtiéndose estas citas en espectáculos reveladores para nuestro joven protagonista. De ahí que sonoramente, y tras los acordes solemnes iniciales, el movimiento se transforma en una suerte de incertidumbre rítmica constante, con breves esbozos que giran mayormente en la cuerda grave, y que proyecta esa imagen de agresividad a través de las articulaciones previstas en el conjunto. En el caso de 1962: Body building, el cuarto, viene a colación de la transformación mental y física de Mishima. Así es que, la estricta rítmica cuaternaria inicial describe esa fase de nueva construcción a través de su entrenamiento cotidiano, donde no faltó el dominio del kendo o arte marcial japonés conectado con la esgrima. Pero la esencia del ser seguía ahí, y es por lo que escuchamos materiales del primer tiempo. Junto al quinto, Blood oath, la línea descriptiva de Glass se orientó a reflejar esta nobleza visceral que supone llevar los ideales hasta el extremo. Una vinculación al juramento que realizó nuestra figura junto con sus cercanos en atención al golpe militar citado, y que musicalmente se vislumbra a través de un claro preludio melódico de lo que conformará el episodio final, con evocaciones del segundo y un edificio sonoro de mayor riqueza armónica, sembrando las tensiones estilísticas propias del compositor estadounidense. Con Mishima – Closing llega un extraordinario y bello episodio conclusivo, a modo de epílogo, y que se centra en los últimos instantes del ritual anunciado. Un instante que se vertebra en una melodía sencilla pero cargada de esperanza, junto a un constructo muy bien calculado. Y es precisamente ese motivo melódico tan cautivador y atrayente el que, sumándose a sus característicos portamenti, expande su amplitud en el pleno intercambio entre violines en adición al milimétrico acompañamiento que, tal vez, rezuma las pequeñas dosis de liberación que buscaba Yukio Mishima.
Nacido en el seno de una familia muy humilde, Carl August Nielsen (1865-1931), será el compositor danés que monográficamente ocupará la segunda parte de esta velada. Por fortuna, supo encauzar su educación musical, virando entre las posibilidades que le otorgaron tanto el ambiente castrense, las primeras lecciones de su padre, como, muy especialmente, las enseñanzas recibidas en el conservatorio de Copenhague. Y es precisamente cuando aparece esta pieza de juventud de 1889, al poco tiempo de graduarse en dicha institución, y que servirá de preludio para todo lo que tendría que venir después, siendo el campo sinfónico el que le otorgaría mucha mayor fama. No obstante, el Cuarteto de cuerda n.º 1 en sol menor, op. 13, FS: 4, el primero de la serie cuaternaria que llegó a componer, evidencia grandes cualidades que vendrán a reforzar el magisterio de su autor. Por ello, hablamos inicialmente del Allegro energico, el cual viene acompañado por un primer tema pleno en lirismo y que secunda el violín primero con total nitidez, dentro del tono menor reinante. Y aunque hay una segunda idea temática que esbozará el violonchelo, el referido violín protagonizará la regiduría durante los distintos momentos episódicos, realzando fragmentos de notable interés como la conjunción con el segundo o los de mayor tensión sonora. Seguidamente, el Andante amoroso, de palpable serenidad, incardina un pasaje en octavas entre los violines y que será la señal para un episodio creciente en agitación; aunque luego se asegura el retorno al discurrir contemplativo. Si bien el Scherzo en Allegro molto viene jalonado por el componente rítmico de evidente magnetismo, el trío evidencia un momento elegíaco que rivaliza en belleza con lo anteriormente escuchado, y que, naturalmente, servirá de conexión con la esperada repetición. Junto al Finale en Allegro (inquieto), revisado por su autor en 1900, se viene a compilar los temas más llamativos de todos los tempi anteriormente degustados, con interesantes juegos contrapuntísticos, para así realzar las habilidades compositivas de su creador y un final de gran impacto.
© Fernando M. Anaya-Gámez
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