Ficha de evento
Programa 02
Museo Picasso Málaga
CUARTETO FAGOT Y TRÍO DE CUERDA OFM
Fagot Antonio Lozano Castelló
Violín Nicolae Ciocan
Viola Razvan Cociodar
Violonchelo Tilman Mahrenholz
Programa
FRANCOIS DEVIENNE
Cuarteto Op. 73 / 1 para Fagot y trio de cuerda en Do Mayor
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- Allegro Spirituoso
- Adagio Cantabile
- Allegro Moderato
Cuarteto Op. 73 / 2 para Fagot y trio de cuerda en Fa Mayor
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- Alegro
- Adagio
- Grazioso con variazoni
Cuarteto Op. 73 / 3 para Fagot y trio de cuerda en Sol menor
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- Allegro con Espressione
- Adagio non Troppo
- Rondo Allegretto poco moderato
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En el seno de una prolífica familia de nuestro país vecino nació François Devienne (1759 – 1803), el que sería llamado con el tiempo como el «Mozart francés», siendo el protagonista monográfico de este concierto. Un apodo que le vendría dado no solo como reflejo de sus inquietudes musicales desde la juventud —al parecer compuso una misa con solo diez años—, sino porque además tomaría al austriaco como excepcional referente en cuanto a su estilo, a su escritura, e incluso, tal vez, como modelo a seguir en todo lo que respecta a sus ideales. Y es que nuestro flautista, fagotista, compositor y profesor perteneció igualmente a la masonería, iniciándose años antes que Mozart, como ya señaló en su momento el profesor Roger Cotte, siendo refrendado más recientemente por el investigador Pierre -François Pinaud. Por ello, hablamos de su ingreso en 1781 y perteneciendo a la logia La Réunion des arts durante cuatro años, su adhesión en 1785 a Les Amis Réunis, para concurrir al año siguiente a la Société Olympique. En este sentido, hay que recordar que la Loge L’Olympique de la Parfaite Estime y la agrupación societaria paramasónica referida sirvieron de simiente para la creación de una afamada orquesta a través de Le Concert de la Loge Olympique, una sociedad de conciertos que llegó a cosechar importantes éxitos —la reina María Antonieta era asidua a sus funciones—, llegando a comisariar el encargo de las llamadas Sinfonías de París a Haydn, el cual, por cierto, había ingresado igualmente en la filas de la francmasonería por aquellas fechas. De ahí que su guiño a La flauta mágica, a través de su exitosa obra escénica Les Visitandines de 1792, hay que tomarlo como algo más que una cálida consideración a la memoria de Mozart. Pero centrándonos en sus cuartetos op. 73, como conjunto de partituras elaboradas en plena madurez y en torno a 1798, para ser publicadas dos años antes de su defunción, nos adentramos en una serie de creaciones de gran valía por enarbolar la bandera del enriquecimiento del repertorio de fagot que él también llegó a dominar como músico. De esta forma y al escuchar los primeros compases del Allegro Spirituoso que inicia el Cuarteto n.º 1 para fagot y trio de cuerda en do mayor, op. 73, se abre un proceso de conmoción que nos consuela por transportarnos a la atmósfera del Clasicismo mozartiano. Si bien existen paralelismos con el lenguaje que empleó el genio salzburgués, este siempre proyectó en su carrera profesional compositiva unos niveles de autoexigencia que le hicieron siempre avanzar paulatinamente. Con todo, nuestro autor, atiende a una sugerente narrativa conversacional entre los efectivos de la cuerda y el viento protagonista. Por ello, bajo un manto de regulación tonal sin grandes proezas, recurriendo al empaste por terceras entre el violín y la viola, el músico e investigador Daniel Ponder menciona un recurso muy característico del francés: los grandes pasajes al unísono, y que tanto este movimiento como en los sucesivos, siempre harán acto de presencia. Con respecto al segundo movimiento en Adagio Cantabile se instaura cierta polémica al dibujarse una simetría preclara con el homónimo tempo del Concierto para fagot y orquesta en si bemol mayor, KV 191 de Mozart. Un bosquejo estructural y armónico que, como aclara Ponder, derivó en tres posibles interpretaciones: un plagio, como sucediese anteriormente con otras piezas; un homenaje, donde, tal vez, se tratase de un préstamo de material para reafirmarse en los guiños a su admirado compositor austriaco; o una convención creativa propia de la época, en donde los recursos se asemejan. Sea como fuere, Devienne tuvo acceso a la creación mozartiana a través de las ediciones que circularon por el París de finales del siglo XVIII, y, por tanto, la polémica o el enigma está servido. Sin embargo, el protagonismo del fagot es evidente ante este capítulo breve —una de las evidencias de la escritura del francés se perfila en torno a su descompensación en las duraciones de cada movimiento—, donde el discurso culmina con franqueza. Junto al tradicional Rondo en Allegro Moderato se perciben algunas convenciones propias como la delimitación efectiva de las partes de este episodio final, así como su fluidez y naturalidad en las líneas melódicas demarcadas. Ciertamente, una reafirmación en el interés de aproximarnos a su preocupación por la escritura del instrumento musical de viento congregado.
En la línea de la arquitectura de la anterior concertación, el Cuarteto n.º 2 para fagot y trio de cuerda en fa mayor, op. 73 prosigue en la senda ya antes prefijada. Así es como con el Alegro de apertura el viento se erige lógicamente en garante solístico, aunque el violín también despunta en alternancia con la viola que, bajo el sostén de la cuerda baja, se animan a vertebrar su papel dentro de la jovialidad reinante y de la conceptualización tonal prefijada, destacando el colorido propuesto en el pasaje modulante antes del último retorno a las ideas ya escuchadas. Seguidamente, el Adagio destaca por la templanza evocadora del viento, fielmente secundada por la delicadeza de la cuerda, en la conjunción de un diálogo sosegado, y posibilitando momentos cúlmenes como las progresiones centrales del fagot. En el término de esta entrega, el Grazioso con variazoni responde a la idea clásica de un tema con sus consiguientes modificaciones, realzando el protagonismo de uno de los instrumentos previstos en el conjunto. En este sentido, y tras escuchar la referida disertación melódica donde el viento dibuja el periplo principal, la primera variación viene asentada sobre el violín y su presteza en el discurrir sobre el mástil para dar paso al fagot junto a una propuesta muy contrapuntística. Con la tercera, la viola enarbola la bandera del señorío y la elegancia bajo un discreto acompañamiento que realza aún más el melodismo que exhibe. En la cuarta, es la cuerda al desnudo donde potencia su efecto, con el subrayado del violonchelo, para llegar a una quinta dedicada nuevamente al fagot, siendo rematada por el conjunto de la cuerda en sus característicos cuatro acordes finales.
La notable emotividad que destila del Allegro con Espressione desde el viento, secundada por la cuerda, sorprende desde el primer momento, dentro del Cuarteto n.º 3 para fagot y trio de cuerda en sol menor, op. 73. Una travesía sentimental pasajera que progresivamente se transforma en una pieza de rica ambivalencia donde despunta el instrumento de cabecera de esta serie. Por ello, además de los consabidos unísonos que remarcan las ideas expresadas, las secuencias dibujadas e hiladas al término de este tiempo potencian el sabor tonal sugerido. Posteriormente, el Adagio non Troppo, en su carácter tendente al pensamiento sereno, deja glosar al fagot durante los primeros momentos, y antes que la cuerda, en tono menor y con el violín haciendo brotar su melodía, se afiance temporalmente para devolverle la dirección nuevamente al viento de matices optimistas. Finalmente, el Rondo en Allegretto poco moderato deja entrever, con su rítmica característica, varios pasajes iniciales de amplitud técnica tanto en el fagot como en el violín, los cuales, por cierto, juegan en diálogo casi permanente. Por ello, y tras presenciar la velocidad de ejecución que se procura nos hace cavilar en que, ciertamente, Devienne le concedió un papel privilegiado a nuestro instrumento de viento madera que nos ha acompañado en esta velada, como se evidencia en esta tríada de piezas.
© Fernando M. Anaya-Gámez
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